El Ministerio de las Almas Perdidas

El Heavy Metal y la divulgación cultural.

Hace unos días encontré dos artículos muy interesantes que desmontan el falso mito de la falta de riqueza cultural que siempre se ha asociado al movimiento Heavy por su aparente marginalidad. El primero, es un texto publicado en un blog español, y el segundo del mismísimo Arturo Pérez Reverte, Corsés góticos,que evidencian a tantos otros estilos que prefieren quedarse en lo banal mientras vilipendian un género que no comprenden. Y es que, como reza el dicho, la ignorancia es atrevida.

El Heavy Metal y la divulgación cultural

Esta clase de música, y fundamentalmente sus letras, pudieran resultarle interesante a mucha gente, por cuanto se acercan a la cultura, la literatura, la historia, la mitología y el arte de forma intelectualizada, alejándose de la superficialidad y ramplonería de la música ligera comercial que aparece de forma mayoritaria en los medios y que, por conocida, no precisa mayor descripción. Esto contradice la imagen distorsionada que se tiene de los “heavys”: perdularios politoxicómanos obsesionados por los solos de guitarra, con afición por la imaginería de evasión fantástica, esencialmente pobres y propensos a lo burdo.

Afortunadamente, el metal es una clase de música heterogénea, dividido en muchos subestilos(de los cuales algunos sí responden al estereotipo) en los que, al estar alejados de los circuitos comerciales, se valora mucho aspectos como el contenido de las letras o el virtuosismo musical.

A los metaleros nos gustaría que la gente no se quedara en la superficie de los decibeles, las guitarras atronadoras y las voces no siempre nítidas y se acercara con la mente abierta a este estilo de música.
Las letras de los grupos de metal constituyen hoy en día un sólido acercamiento de la cultura para los jóvenes, pues están plagadas de referentes históricos, mitológicos, literarios y cinematográficos.

En el metal encontramos canciones que tratan cuestiones históricas de todo tipo, desde la batalla de las Termópilas hasta la guerra de Sarajevo, pasando por Waterloo, Gettysburg, Vietnam, las principales batallas de la II Guerra Mundial y los conflictos de Oriente Medio, sin descuidar el Imperio Romano, la Inglaterra medieval de sajones y normandos, la lucha por independencia de Escocia, las Cruzadas, la piratería caribeña, la Reconquista española, la conquista de América o la Armada Invencible.

Los temas bélicos se imponen, cierto, pero a menudo esconden un mensaje pacifista. No faltan las referencias a otros acontecimientos que impactaron a la sociedad como la tragedia de Guyana, el drama del submarino Kursk o el 11-M (y no gracias a un grupo español, precisamente). También se canta sobre personajes históricos emblemáticos de todo tipo y pelaje: Cleopatra, Alejandro Magno, Genghis Khan, Nerón, Espartaco, Juana de Arco, Napoleón, Drácula, Torquemada, Nietszche, el capitán Lawrence Oates…

Otra piedra angular de las letras en el metal es la mitología, desde los mitos mesopotámicos y egipcios hasta las epopeyas griegas clásicas (han tenido que venir los Virgin Steele desde Estados Unidos para restregarnos pormenorizadamente la saga de la Casa de Atreo o los Manowar a soltarnos su tema de media hora “Aquilles, Agony and Ecstasy in 8 parts”), pasando por el mundo romano y las leyendas artúricas. Pero los que se destacan son los grupos nórdicos, que no se cansan de remitirnos a sus raíces precristianas, con mucha valkiria, mucho Valhalla y mucha crítica al cristianismo.

Muchos grupos han reflejado en sus letras las historias de la Biblia, la Ilíada y la Odisea o Don Quijote, y por supuesto, los hitos de la fantasía épica contemporánea, como el Señor de los Anillos, el Silmarillion, la saga de la Dragonlance o Elric de Melniboné.

Las adaptaciones literarias van desde el inevitable Tolkien hasta Stevenson, Poe, Lovecraft, Dumas, Shakespeare, Michael Ende, Stephen King, Arthur C. Clarke, Anne Rice, Joseph Conrad… Incluso los portugueses Moonspell basan sus canciones en poemas de su vocalista así como de intelectuales de su tierra, convirtiendo sus discos en una especie de Negro sobre Blanco gótico.

Existen rarezas como Frameshift, un grupo que transmite las teorías de Richard Dawkins sobre la evolución, o Vintersorg, cuyas letras, inspirada en Carl Sagan, versan sobre cosmología, astronomía, matemáticas y astrofísica, al igual que el grupo alemán The Ocean.
A diferencia de la música destinada a fórmulas de radio, en el metal abundan los álbumes conceptuales, con canciones de más de 10 minutos de duración y cortes instrumentales, narrados y experimentales.

A nivel metamusical, menudean los grupos que se declaran abiertamente deudores de Wagner y otros compositores clásicos, sobre todo rusos, y componen obras épicas muy orquestales y ampulosas, similares a las grandes bandas sonoras de Hollywood. No faltan adaptaciones para guitarra eléctrica de obras de Vivaldi, Grieg o Rimsky-Korsakov. Existe un subestilo en el que se da rienda suelta a la ambientación medieval, usando instrumentos antiguos y tradicionales para adaptar canciones folklóricas, y nos encontramos grupos como los alemanes In Extremo echando mano del Carmina Burana y las canciones del Llibre Vermell de Montserrat. Otros, como Haggard, se decantan por la música renacentista. Destacan también los Apocaliptica, un cuarteto de chelistas que no se ayudan de guitarras ni voces pero cuya música se considera metal de pleno derecho.

Las referencias cinematográficas son otra constante, sobre todo de películas de ciencia-ficción de serie B, épicas o de terror (Star Wars, Star Trek, Alien, Blade Runner, Braveheart, Dune) e incluso obras de arte y ensayo de los años 60.

A nivel político, se pueden encontrar soflamas que van desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha. Las inquietudes religiosas pasan por el optimismo hiperglucémico de los Stryper, que se consideran a sí mismos soldados al servicio de Dios y pretenden evangelizar a golpe de riff, hasta la defensa del satanismo más o menos autoparódica por parte de algunos grupos escandinavos.

Curiosamente, los grupos con voces guturales producen a menudo unas letras más profundas, filosóficas e intelectualizadas; una especie de poesía introspectiva y existencialista, que puede englobar desde la descripción atmosférica de un paisaje, hasta reflexiones sobre el amor y la muerte, la pérdida de los valores sociales como el honor y la dignidad o la hipocresía religiosa.

En cuanto a idiomas, impera el inglés, pero como el metal existe en todos los países que tienen una mínima red discográfica, encontramos letras en casi todas las lenguas europeas incluyendo el feroés, además del japonés, el hebreo o el latín. Incluso existe un grupo, Magma, que canta en la lengua oficial del planeta Kobaïa, que sólo ellos entienden. Y por supuesto, hay coqueteos con las lenguas de la Tierra Media creadas por Tolkien.

Comprenderá usted que los metaleros tenemos razones para sentirnos ofendidos cuando desde la ignorancia se nos dice que el metal es una música de adolescentes, compuesta por unos ruidosos que sólo saben gritar y hablar de Satán, nenas y motos y que esa afición infantiloide se nos pasará con el tiempo. Los metaleros llevamos 30 años escuchando las profecías de que el metal está muerto, que es una moda que pronto desaparecerá, cuando de hecho vivimos una época de ebullición y diversificación de estilos.

El segundo, es publicado por el escritor español Arturo Pérez Reverte:

Corsés góticos y cascos de walkiria

No soy muy aficionado a la música, excepto cuando una canción –copla, tango, bolero, corrido, cierta clase de jazz– cuenta historias. Tampoco me enganchó nunca la música metal. Me refiero a la que llamamos heavy o jevi aunque no siempre lo sea, pues ésta, que fue origen de aquélla, es hoy un subestilo más. Siempre recelé de los decibelios a tope, las guitarras atronadoras y las voces que exigen esfuerzo para enterarse de qué van. Las bases rítmicas, el intríngulis de los bajos y las cuerdas metaleros, escapan a mi oído poco selectivo. Salvo algunas excepciones, tales composiciones y letras me parecieron siempre ruido marginal y ganas de dar por saco, con toda esa parafernalia porculizante de Satán, churris, motos y puta sociedad. Incluidas, cuando se metían en jardines ideológicos, demagogia de extrema izquierda y subnormalidad profunda de extrema derecha. Etcétera.

Sin embargo, una cosa diré en mi descargo. De toda la vida me cayeron mejor esos cenutrios largando escupitajos sobre todo cristo que los triunfitos relamidos, clónicos y saltarines, tan rubios, morenos, rizados y relucientes ellos, tan chochidesnatadas ellas, con sus megapijerías, sus exclusivas de tomate y papel cuché, y toda esa chorrez envasada en plástico y al vacío. Al menos, concluí siempre, los metaleros tienen rabia y tienen huevos, y aunque a veces tengan la pinza suelta y hecha un carajal, éste suele ser de cosas, ideas, fe o cólera que les dan la brasa y los remueven, y no de cuántas plazas será el garaje de la casa que comprarán en Miami cuando triunfen y puedan decir vacuas gilipolleces en la tele como Ricky, como Paulina, como Enrique.

Pero de lo que quiero hablarles hoy es de música metal. Ocurre que en los últimos tiempos –a la vejez, viruelas– he descubierto, con sorpresa, cosas interesantes al respecto. Entre otras, que esa música se divide en innumerables parcelas donde hay de todo: absurda bazofia analfabeta y composiciones dignas de estudio y de respeto. Aunque parezca extraño y contradictorio, la palabra cultura no es ajena a una parte de ese mundo. Si uno acerca la oreja entre la maraña de voces confusas y guitarras atronadoras, a veces se tropieza con letras que abundan en referencias literarias, históricas, mitológicas y cinematográficas. Confieso que acabo de descubrir, asombrado, entre ese caos al que llamamos música metal, a grupos que han visto buen cine y leído buenos libros con pasión desaforada. Ha sido un ejercicio apasionante rastrear, entre estruendo de decibelios y voces a menudo desgarradas y confusas, historias que van de las Térmópilas a Sarajevo o Bagdad, incluyendo las Cruzadas, la conquista de América o Lepanto. Como es el caso, verbigracia, de Iron Maiden y su Alexander the Great. La mitología –Virgin Steele, por ejemplo, y su incursión en el mundo griego y precristiano– es otro punto fuerte metalero: Mesopotamia, Egipto, La Ilíada y La Odisea, el mundo romano o el ciclo artúrico. Ahí, los grupos escandinavos y anglosajones que cantan en inglés copan la vanguardia desde hace tiempo; pero es de justicia reconocer una sólida aportación española, con grupos que manejan eficazmente la fértil mitología de su tierra: Asturias, País Vasco, Cataluña o Galicia. Tampoco el cine es ajeno al asunto; las películas épicas, de terror o de ciencia ficción, La guerra de las galaxias, Blade Runner, Dune, las antiguas cintas de serie B, afloran por todas partes en las letras metaleras. Lo mismo ocurre con la literatura, desde El señor de los anillos hasta La isla del tesoro o El cantar del Cid. Todo es posible, al cabo, en una música donde el Grupo Magma canta en el idioma oficial del planeta Kobaia –que sólo ellos entienden, los jodíos– mientras otros lo hacen en las lenguas de la Tierra Media. Donde Mago de Oz alude –La cruz de Santiago– al capitán Alatriste y Avalanch a Don Pelayo. Donde los segovianos de Lujuria lo mismo ironizan sobre la hipocresía de la Iglesia católica en cuestiones sexuales que largan letras porno sobre Mozart y Salieri o relatan, épicos, la revuelta comunera de Castilla. Y es que no se trata sólo de estrambóticos macarras, de rapados marginales y suburbanos, de pavas que cantan ópera chunga con corsé gótico y casco de walkiria. Ahora sé –lamento no haberlo sabido antes– que la música metal es también un mundo rico y fascinante, camino inesperado por el que muchos jóvenes españoles se arriman hoy a la cultura que tanto imbécil oficial les niega. El grupo riojano Tierra santa es un ejemplo obvio: su balada sobre el poema La canción del Pirata consiguió lo que treinta años de reformas presuntamente educativas no han conseguido en este país de ministros basura. Que, en sus conciertos, miles de jóvenes reciten a voz en grito a Espronceda, sin saltarse una coma.

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