El Ministerio de las Almas Perdidas

Crónica de Kiss, Madrid 22/06/2015

Mes intenso en lo tocante a grandes eventos. Esta vez los americanos Kiss avistaron la peninsula con la puesta en escena a la que nos tienen acostumbrados, conmemorando el 40 aniversario de la banda… y lo dicho en la crónica de AC/DC, se puede aplicar perfectamente a las mesnadas de Simmons y Stanley. Un show majestuoso, profesionalidad a raudales y actitud (a pesar de que cada movimiento esté coreografiado hasta el mínimo detalle).

Un Palacio de los Deportes a rebosar y, nuevamente, la pluralidad generacional llamaba poderosamente la atención. El abanico de edades da empaque al renombre de cualquier banda y, en este caso, adultos, y sobre todo niños, con las caras pintadas al estilo Kiss Army, llenaban el recinto. A nadie se le escapa que los referentes de nuestra infancia tal vez lo sean ya de otra generación e, inevitablemente, estemos cerca del adios de la mayoría de estas formaciones.

The Dead Daisies abrieron para las estrellas de cartel. Un grupo de viejos conocidos que no pasarán a la historia por su originalidad, pero que entretuvieron al personal sin mayores pretensiones. John Corabi al frente, desgranaron temas de su segundo trabajo y consiguieron la reacción de la gente con las versiones de una gran “Hush” y la eterna “Helter Skelter”.


Telón negro con el logo de los americanos ocultando el escenario. La megafonía ya anuncia “You Wanted the Best, You Got the Best! The hottest band in the world: ¡KISS!” y se abre la veda al espectáculo con mayúsculas. Explosiones, fuego, plataformas móviles y una puesta en escena al alcance de muy poquita gente en el globo. “Detroit Rock City” atruena por la P.A. en un incesante alborozo pirotécnico. Maquillaje, rollo glam, tacones imposibles y luz por doquier. Kiss no son una banda cualquiera: son una máquina del tiempo. A pesar de la edad de sus componentes (…y reconozco que es una cantinela muy manida), los tíos están físicamente espectaculares. Al final el rock va a ser la pócima de la eterna juventud (una vez superados los 27 años, claro) porque ver a Paul Stanley a pecho leonino, con todo en su sitio, sin pieles colgando y un tono muscular que ya quisieran para sí la mayoría de los mortales con la mitad de edad, le hace a uno replantearse su meaning life. Gene Simmons exhibiendo el músculo que le hizo famoso a cada ocasión que se le presentaba. Enlazan con la espléndida “Deuce” y “Pycho Circus”. El sonido no es cristalino y la voz de Paul Stanley acusa los años, pero la gente recibe lo que ha pagado: el más genuíno concepto de espectáculo, luces, fantasía y diversión. Un Simmons vomitando sangre, y volando por encima de veinte metros, escupiendo fuego, tirolinas y todas las regalías del maravilloso circo eléctrico.

Paul hace una breve pausa para ganarse el público chapurreando castellano y cantando “Cucurrucucú, Paloma” (fórmula infalible que utilizará en todos los paises de lengua hispana, no nos engañemos) para presentar “Creatures of the Night”, que suena como un cañón. Clásicos con solera y especial mención a “Lick It Up”, que fue lo mejor de la noche.

Tommy Thayer es un actor secundario a rebufo de los otros grandes guitarristas que han tenido los americanos y Eric Singer es un batería más que notable; activo y contundente tras los parches. La legendaria banda se explayó sus recursos para hacernos disfrutar, quizá, uno de sus últimos shows en Europa. “Calling Dr. Love”, “God of Thunder” (tras el siempre inquietante solo de bajo de Simmons que acompaña su performance sanquinolento) y “Cold Gin”. En “Love Gun”, Paul Stanley vuela en tirolina por encima del público hasta el centro de la pista, donde canta en una pequeña plataforma. Kiss no escatiman en gastos.

Un breve descanso después, para enfilar el tramo final de bises. Las festivas “Shout It Out Loud” y “I Was Made for Lovin´You” fueron coreados por un palacio que se venía abajo y ultimaron con una “Rock and Roll All Nite” y la orgía en forma de confeti, fuegos, explosiones y unas plataformas que elevaban la bateria de Singer, a Simmons y Thayer. Una exhibición mil veces repetida pero que les funciona y les sirve para solventar su jubilación y a nosotros para invocar tiempos ya lejanos.

No se les puede pedir mucho más a los americanos. La voz de Paul está más que deteriorada (hubo momentos de escandaloso frenesí avícola) y los tiempos en los que hacían gala de músicos superlativos ha quedado relegada por una etapa más “relajada”, al tener a sus espaldas un puñado de clásicos que justifican el número de giras que se les antoje. A cambio nos regalan fantasía, luces, una puesta en escena mítica y un espectáculo sonoro-visual difícil de olvidar.

Texto y videos: Churchill

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