El Ministerio de las Almas Perdidas

Crítica de discos: Dream Theater – “The Astonishing” 7’5/10

Enorme la expectación creada por la nueva Opera Rock de los reyes del Progresivo. Expectación porque “The Astonishing” es, probablemente, el trabajo más ambicioso de su carrera. Tras obras maestras incontestables, expandir el género por el orbe y convertirse en referente indiscutible y espejo en el que cualquier banda seria se miraría henchido de orgullo, ya poco les queda por demostrar, salvo rebasar la meta que ellos mismos se han marcado. Y en ello están, tras lanzar este proyecto mastodóntico: ¡¡130 minutos!! de ópera rock situada en un futuro distópico, gobernado por máquinas, dónde la música ha dejado de ser realizada por humanos, hasta que un grupo insurgente decide rebelarse. LaBrie da voz a ocho personajes que recrea una historia de ciencia ficción, desde mi punto de vista, un pelín trasnochada en concepto y artwork (¿soy el único al que le recuerda a un juego de Play?).

¿Concepto y temas cortos concebidos con el ánimo de llegar a un público mayoritario, pese al riesgo que conlleva un trabajo de semejante calado? Puede ser.

Y yendo a lo puramente musical, de nuevo, sentimientos encontrados con el flamante “The Astonishing”. Ya es un clásico que los neoyorquinos reciban tantas adhesiones como desafectos desde hace unos añitos y que arreciaron con la marcha de Portnoy, que aportaba la magia y energía a una banda llena de talentos. ¿Qué tenemos pues en The Astonishing? ¿Un Metropolis pt.III? Ni por asomo. ¿Un popurrí aséptico de greatest hits de DT al estilo de sus últimos trabajos? Tampoco; o al menos no categóricamente. En The Atonishing no vamos a descubrir nuevas facetas de la banda, ni a aseverar que se hayan reinventado. Primero, es un trabajo extensísimo que fluctúa entre las líneas del autoplagio y la de la brillantez a la que nos tienen acostumbrados. Un intento pretencioso de demostrar ser capaces de hacer una obra magna, de épica asombrosa digna a aparecer en la historia y manantial de ríos de tinta. Y esto último lo han conseguido; el resto no, sencillamente. ¿Es por eso un mal disco? Para nada. Es un disco superlativo, pero con defectos (o descuidos) imperdonables cuando se pretende acometer una empresa de este calado.

El error más plausible es el abuso desproporcionado de baladas y medios tiempos que no aportan realmente nada, y de orquestaciones suntuosas más propias de una banda sonora que de un grupo de la experiencia y la exquisitez de los Theater. En esas ocasiones parecen querer enmascarar un sospechoso vacío de ideas innovadoras (algo que no tiene sentido cuando se cascan 130 minutos y 34 canciones) con recursos de artificio para acudir a la épica facilona de himnos tocados por una orquesta al completo: en este caso la Sinfónica de Praga. ¿Acaso Scenes from a Memory habría mejorado con estos recursos? Sin duda: no.

Los primeros minutos del trabajo pintan bien, incluso muy bien. Con intro inicial y “Dystopian Overture” ya nos frotamos las manos augurando grandes perspectivas. El adelanto “The Gift of Music”, que lejos de ser un temazo, se integra correctamente en el mundo que Petrucci y compañía nos han pintado y hasta el primero de los enésimos interludios, “The Answer” (marca Six Degrees Of Inner Turbulence 100%) parece ayudar a ello. “A Better Life” es el primer Strange Deja-Vú (y no me refiero a la canción), pese a ello suena efectiva con momentos soberbios, moviéndose en terrenos conocidos. Es a partir de este punto cuando los músicos dan rienda suelta al genio que llevan dentro y se expanden como un Universo como con la teatral “Lord Narfaryus”, con una cadencia parecida a un tango marcial, pero que tiene el aire de ópera rock que buscaban. Su continuidad con “A Saviour in the Square” hincha las expectativas y mantienen el excelente tono… hasta decaer en siguiente corte, “When Your Time Has Come”. El tema podría haber formado parte de los descartes del mencionado “Six Degrees” perfectamente y a partir de entonces es cuando sufrimos los primeros síntomas de empacho almibarado. “Act of Faythe” no aporta nada. “Three Days” tiene momentos interesantes con un LaBrie magnífico y un desmadre final jazzístico de alta escuela. “Brother, Can you her me?” es incomprensible. Otro error es poner la música al servicio del concepto y de la letra. Vale, incluso puedo tragar con ello pero ¿era realmente necesario cascarse un himno nacional? “A Life left behind” tras un comienzo a lo Rush, se queda en un insulso medio tiempo. Llegados a este punto “Ravenskill” empieza lastrado por el exceso edulcorante de cortes anteriores y adquiere buen tono para cuando enduren su sonido y entra Petrucci. Un temazo ubicado entre canciones superfluas. “Chosen” vuelve a caer en la medianía y la influencia Rudess empieza a empalagar. “A Tempting Offer” trata de remontar el vuelo de los bajonazos anteriores al igual que “X Aspect”. “A New Begining” contiene ideas muy interesantes, pero demasiado arropada de teclados (Rudess una vez más). Habría ganado con un sonido menos épico-coral-desnaturalizado, más crudo. Sus pasajes prog eran de la suficiente calidad como para que la canción brillase por sí misma. Tras “The Road to Revolution” pasamos al segundo cd al que le pasa exactamente lo mismo que el primer disco: buen arranque con “2285 Entr’acte” y “Moment of Betrayal”, gran canción, que nos trae recuerdos de Scenes. Toda una orgía progresiva de la más alta escuela. Incluso el interludio Heaven’ s Cove tiene su brillo para volver a la saciedad de confitura de “Begin Again”. El trabajo es una continua montaña rusa, una auténtica pena ya que “The Path that Divides” nos devuelve a los Theater en su estado excelso, ritmos sincopados de Petrucci, músicos sobresalientes y frases sorprendentes. Un tema muy inspirado. (Más intros *). “Walking Shadow”, sugestivo. Una de las más teatrales, donde LaBrie hace un gran trabajo. “My Last Farewell” es una canción típica de la banda, que no pasará a la historia. A continuación: ataque de diabetes. “Losing Faythe” … el hastío hace perdernos una canción bonita. “Whispers” On the Wind” y “Hymn of a Thousand Voices” es más de lo mismo: baladas, medios tiempos, pomposidad cinematográfica y punto final con “Astonishing”, que nos deja la sensación de haber asistido a la banda sonora de una película y cierto cansancio.

LaBrie hace su mejor trabajo de la década. Cierto es que los registros exigidos están acorde a sus facultades, pero ha sabido ejecutar la difícil tarea de interpretar la voz de todos los actores que el demiurgo cabrón de la cueva de Petrucci le ha dictado. De Magnini, ¿qué decir? Es un batería técnico, rápido, portentoso peeeeero…, reconozcámoslo, no aporta más que una buena labor. No tiene ni el carisma, ni el peso específico, ni la personalidad, ni el genio superlativo de Portnoy. Es un hecho constatado. Ni un solo golpe de baqueta logra impresionar o emocionar más allá del trabajo bien hecho en los 130 minutos de The Astonishing. Desapercibido hasta el sonrojo. Otro desapercibido es Myung, apagado su sonido en el pandemonium de orquestaciones y arreglos, lo que da que pensar que el equilibrio de fuerzas ha basculado peligrosamente en un Rudess demasiado plenipotenciario en la obra y en la mezcla. En esta ocasión, abruma su protagonismo. La guitarra de Petrucci suena sorprendentemente más sobria que nunca, con desvaríos orgásmicos breves pero impecables. El tío sigue siendo el más grande, pese al ejercicio de onanismo que se ha marcado componiendo. (¡Portnoy, por dios! ¡Vuelve pronto!)

La sensación general es que podrían haber despachado la entrega en un solo disco y habría sido, probablemente, el trabajo más sobresaliente desde el Scenes. La ambientación superflua que han incluido hubiera quedado estupenda en directo, con pantallas proyectando la historia… y habría justificado perfectamente el disco/DVD en directo que nos venderán en pocos meses (y lo hubieran vendido como churros). Hay a priori un empacho de intros, artificios y parafernalia y la odiosa sensación del “vamos a darle a los fans todo eso que les mola, esas series modernas que ven” en el concepto faraónico y cinematográfico que le han dado. Cierto que es una obra demasiado extensa para extraer conclusiones en tan pocas escuchas. Los discos de DT entran con dificultad, son orgánicos, van tomando cuerpo con el tiempo y las escuchas y este no será distinto: va creciendo en veracidad, sentido y matices.

Musicalmente es un cruce de Octavarium y Six Degrees Of Inner Turbulence, pero engañoso. En el primero incorporaban la orquesta como “novedad” y en el segundo experimentaban con nuevos sonidos, nuevas atmósferas, siempre sorprendentes.

Pero seamos justos: Dream Theater es una banda siempre en el punto de mira de los cazadores de cabelleras. Serán aclamados y denostados con la misma facilidad con la que se le da el visto bueno o no a cada una de sus nuevas entregas, con mayor o menor justicia. Se les exige obras maestras (porque las han hecho antes), canciones sublimes (ídem), ideas innovadoras (ídem), crear pasajes inextricables y enigmáticos que invite a adentrarse en esa madriguera de conejo y descubramos un mundo onírico más allá del alcance de cualquier otra banda (ídem) y suscitar la más hermosa de las emociones con su virtuosismo (eso también lo han logrado anteriormente: probablemente lo más difícil y genial de su legado). Y todo eso con una calidad excelsa. Se les exige porque sabemos que son capaces de darlo. Este mismo trabajo firmado por otra banda habría generado tsunamis de devociones y halagos, alabanzas hasta lo masturbatorio, pero a DT se les demanda más nueces que ruido.

Churchill.

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Una respuesta

  1. Gerardo Matamoros

    Absolutamente de acuerdo con esta publicación; además hay mucha competencia en el género plasmada en trabajos excelsos como los 2 últimos discos de Steven Wilson o el último álbum en vivo de Flying Colors por mencionar lo más comercial que circula.

    marzo 17, 2016 en 9:17 pm

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